Un museo de tapices en el salón comedor

Sus casas son como museos con cuadros dignos de palacios, paradores o catedrales

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Carmen Tapia

León

20.09.2023

Actualizado:20.09.2023

Cientos de horas, decenas de meses y siete lustros de trabajo minucioso decoran las paredes de las casas de Marisa Fernández Tornero, de 73 años, y Carmen León Serrano, de 69. Tapices minuciosamente elaborados a mano con técnicas tradicionales que están en desuso y que convierten sus casas en auténticos museos. Y las casas de sus hijos. Sus tapices artesanos nunca han salido de las paredes de sus hogares. Algunos se conservan enrollados minuciosamente para una mejor conservación.

La afición de Carmen y Marisa las convierte en dos de las pocas artesanas de esta técnica que trabaja hijos de oro y finas telas y para transformarlas en tejidos de excelencia dignos de decorar paradores, palacios o iglesias. Las dos han confeccionado tapices con el calendario que se conserva en las pinturas de la Basílica de San Isidoro, denominada la Capilla Sixtina del románico.

Buenas bordadoras y costureras comenzaron con esta afición hace 37 años de la mano de su maestra Selmi Villapadierna, a quien reconocen la profesionalidad y entusiasmo por la transmisión de un conocimiento que las nuevas generaciones ya no practican y ellas aprendieron, junto a otras discípulas, en los talleres organizados por el Ayuntamiento. «Selmi pintaba con la aguja, era una maestra excepcional», recuerdan. «Siempre nos decía que como deberes nos ponía observar la naturaleza».

Observar la naturaleza para copiar los colores, las sombras de los árboles, el verde exacto de las hojas en la época del año representada en el cuadro puntada a puntada, hora tras hora. Hacer y deshacer una y otra vez hasta que la técnica queda perfecta. Así trabajan Carmen y Marisa.

«Yo comencé por casualidad. Recuerdo que iba por la calle u vi un cartel que ponía que se daban clases de restauración. Yo me apunté pensando que era de comida, de repostería, y cuando llegué allí me encontré con los tapices, que me engancharon para siempre», recuerda Carmen.

Marisa es la constancia, la perfección y la valoración de un trabajo bien hecho, al que no pone precio. «Lo más difícil son las miniaturas porque son piezas muy pequeñas superpuestas, como un puzle, es muy laborioso y requiere tener mucha paciencia», aseguran estas dos artesanas que no tienen intención de vender sus obras. «No sabríamos que precio poner, su valor es muy alto porque son muchas horas de dedicación, y mucho cariño».

A la complejidad de la labor hay que añadir la dificultad para encontrar las telas. «No son fáciles de encontrar porque son sedas naturales y linos». Las que utilizan para confeccionar los tapices son telas centenarias. Carmen compró hace 35 años un lote de casullas de cura un poco deterioradas por 25.000 pesetas, un material que sólo se encuentra en determinados anticuarios. «Era mucho dinero por entonces, mi marido me animó. Ahora hay problemas para encontrar telas así. Las estamos utilizando todavía». Pero no hay de todos los colores. «Cuando necesitamos un color determinado que no encontramos teñimos nosotras las telas para darles el tono que buscamos». Las dos se ayudan e intercambian conocimientos para conseguir un trabajo profesional.

El primer paso para confeccionar un tapiz es disponer del dibujo. «Hay que encargarlo y pagarle a un profesional. Los primeros nos los hizo el señor Espino, un gran dibujante que ya falleció. Durante la guerra iba a la Catedral a dibujar las vidrieras por si desaparecían en algún bombardeo».

El escudo de León (en la pared de la casa del hijo de Marisa), el rey Ordoño, escenas ecuestres y de caza, cuentos infantiles, miniaturas con motivos religiosos y ‘la griega’, que es la tapiz en el que trabajan ahora «y que nos está costando mucho trabajo. Después de tener todas las hojas hechas no nos cuadraban bien y las tenemos que repetir. Pero no hay que tener prisa porque lo más importante es que queden bien».

El tapiz que preside la casa de Marisa es una escena de cacería que mide 1,85 metros por 1,32 metros, compuesto por más de un centenar de piezas. «Cada pieza necesita más de dos horas y luego hay que superponerlas y bordarlas con sedones retorcidos, haciendo cordones, con hilos de oro. Hay que tener mucho cuidado al montarlo para que quede todo centrado».

Marisa es muy perfeccionista, gran modista. «Me estoy arreglando un abrigo y un vestido que me compré en Alemania, no soporto que la ropa se convierta en basura. Esos son mis retos». A Carmen, experta bordadora, le gusta leer y hacer punto. «Hacemos y deshacemos hasta que queda perfecto. Me puedo pasar cuatro o cinco días sin salir de casa». Y son innovadoras. «Les ponemos entretela, algo que no se hacía, para que queden con más cuerpo. He visto por ahí algunos que se quedan con arrugas, y no me gustan», asegura Marisa. «Cuando están más bonitos es cuando pasa el tiempo, no tiene que parecer que son nuevos».