“El pastor de ovejas trashumantes está en peligro de extinción” Argimiro Rodríguez Villarroel

Argimiro Rodríguez Villarroel, conocido como Miro, es probablemente el último pastor trashumante de España. A sus 72 años, ha dedicado toda su vida a una profesión que hoy lucha por no desaparecer: guiar rebaños de ovejas desde las dehesas extremeñas hasta las montañas leonesas siguiendo las antiguas cañadas. Un viaje de ida y vuelta que se repite cada año con la llegada del verano y el inicio del otoño, un oficio milenario que hoy corre el riesgo de desaparecer por la falta de relevo generacional.

La trashumancia, Patrimonio Cultural Inmaterial desde 2023, se enfrenta al olvido si no se actúa pronto. Mientras tanto, el legado de pastores como Miro queda grabado en la memoria de las montañas y las cañadas que aún recuerdan el paso de las ovejas. “Los caminos no se pierden si alguien los vuelve a andar”

Argimiro Rodríguez Villarroel, conocido como Miro, es probablemente el último pastor trashumante de España

¿Cuándo comenzó su vida como pastor trashumante?

Empecé a bajar a Extremadura con 18 años acompañando a mi padre, que era mayoral de una cabaña. Desde entonces y hasta que me jubilé he dedicado mi vida a esto. La trashumancia ha estado en mi familia durante siete generaciones. Así lo recoge el doctor en Veterinaria Manuel Rodríguez Pascual en uno de sus libros, él es una verdadera enciclopedia del oficio”.

¿Llegó a tener su propio rebaño?

“Sí, llegué a tener un rebaño propio. Pero en 2024 hice mi último recorrido con las ovejas. El año pasado ya lo dejamos porque necesitábamos mano de obra y no la encontramos. Es muy difícil encontrar a alguien dispuesto a esta vida”.

¿Cómo eran aquellos viajes?

Muy duros. Desde Salamón hasta Palencia capital tardábamos ocho días andando con las ovejas. Luego cogíamos el tren hasta Villanueva de la Serena y de allí caminábamos otro día hasta llegar a las dehesas. En los años 50 la mayoría de trashumantes empezaron a usar el tren. Yo lo hice a partir de 1968. Era una aventura, pero también un sacrificio”.

¿Cómo ha cambiado todo desde entonces?

Mucho. Entonces los caminos estaban muy bien y los cordeles se respetaban. Ahora es un desastre. Han construido carreteras encima, los agricultores han invadido los pasos… Cerca de Palencia, por ejemplo, la carretera cogía parte del cordel. Con 1.500 ovejas, imagínese lo difícil que era no ocupar la carretera. La Guardia Civil te decía que tenías que dejarla libre… pero era imposible”.

¿Y las condiciones climáticas?

Dormíamos al sereno. Si llovía, llovía. Si hacía sol, pues también. Los chozos eran muy básicos. Aguantábamos en las laderas de los Picos de Europa hasta finales de octubre. Algunas veces nos pillaba la nieve. Recuerdo años en Lois en los que teníamos que refugiarnos en Salamón con 15 o 20 centímetros de nieve. Pasábamos allí dos o tres días hasta que escampaba”.

¿Qué soluciones ve para preservar la trashumancia?

Lo más urgente es marcar todos los caminos, identificarlos bien. En Extremadura, por ejemplo, las cañadas reales están delimitadas, incluso con alambradas, y deben dejar puertas porque no se pueden cortar. Hay tramos que ya están llenos de maleza o escombros porque no se usan todos los años. Eso lo saben bien los pocos que aún siguen haciendo la trashumancia. Iniciativas como la nueva plataforma Caminos Trashumantes son fundamentales para tratar de preservar todo esto”.

¿Hay relevo en su familia?

No. No hay relevo generacional. El pastor de ovejas trashumantes está en peligro de extinción. Está casi extinguido, diría yo. Es una pena. Ya le digo que todo lo que se haga para ponerlo en valor y que no se pierda hay que apoyarlo”.