
Después de estas semanas hablando de lana, trazabilidad, cadena real y conceptos importantes del mundo de la lana, hoy queremos acercaros un poco más a nosotras.
A lo que estamos construyendo por dentro.
Porque hay cosas que, vistas desde fuera, pueden parecer simplemente cambios de rumbo o decisiones de empresa. Pero por dentro son años de trabajo, ajustes, aprendizaje y decisiones que se toman porque el proyecto te pide crecer de otra manera.
Durante años, dLana tuvo una tienda, bueno «dos», en tiempos y calles distintas, en el pueblo donde vivimos en familia, en San Lorenzo de El Escorial.
Y más que unas tiendas, dLana creó un espacio vivo alrededor de la lana y de todo lo que podía suceder con ella, dentro de la medida de nuestras posibilidades.
Las que pasasteis por allí lo sabéis. No era solo un lugar donde comprar madejas. Era un lugar donde tocar, preguntar, comparar colores, sentarse un rato, aprender, equivocarse, empezar un proyecto, retomarlo, enseñarlo, compartirlo.
Había una cercanía que se fue construyendo casi sin darnos cuenta alrededor de una mesa. Una mesa donde fueron creciendo oportunidades para tejer y ganchillear de una forma libre, acompañada y guiada por personas maravillosas que decidieron quedarse a trabajar en aquel espacio y hacerlo también suyo.
Esa etapa fue muy importante para nosotras.
También es verdad que desde el principio supimos que nuestra misión y nuestra visión estaban más allá de tener una tienda física.
Queríamos llegar más atrás, entender mejor la materia y de ahí se fue desarrollando todo el trabajo de investigación y mejora con las ganaderías. Conocer y controlar qué pasaba antes de que una madeja llegara a una estantería y de ahí desarrollamos todo el diseño de nuestras hilaturas propias manufacturadas en industria viva en la península. Queríamos poder tocar más proceso, tomar más decisiones y construir algo que no dependiera siempre de estructuras y tiempos externos.
Soltar la tienda costó, claro. Había vínculos, rutinas, personas y una forma de estar en el mundo que había formado parte de dLana durante mucho tiempo.
Pero cerrar la tienda no fue dejar atrás dLana. Fue permitir que dLana pudiera convertirse en otra cosa.
Y este cambio ha costado bastante más de lo que desde fuera se puede ver.
Porque una cosa es decir “vamos a crear nuestro propio lanificio” y otra muy distinta es hacerlo. Comprar maquinaria, aprender a usarla, entender cada ajuste, equivocarte, repetir, romperte la cabeza con un lote que no responde como esperabas, volver a probar, mirar la fibra de otra manera, aceptar que no todas las lanas quieren convertirse en lo mismo.
Ahora nos reímos pensando que el diseño de hilos, hacer el seguimiento de cómo iban los encargos y organizar la logística hasta recibir los lotes, etiquetarlos,…con nuestra lana, eran complejos.
Cuando empezamos ya a ser productoras directas de manera real, tuvimos unos días de formación con las máquinas. Después vino la parte de verdad: casi dos años de entrenamiento duro, diario, físico y mental.
Aprendiendo con cada kilo, con cada error y con cada fibra que nos obligaba a tomar decisiones nuevas, a veces a ciegas, con fé y confianza en el proceso y en nuestra intuición.
Y todo esto lo hemos hecho aquí, en un contexto donde no siempre existe alrededor una estructura preparada para acompañar este tipo de salto.
Cuando miramos otros países, como Francia, vemos más cultura viva alrededor de la artesanía, transformación de lana, más talleres, más conocimiento distribuido, más apoyo institucional, más caminos ya abiertos. Aquí muchas veces toca abrir el camino mientras lo recorres.
Y así hemos hecho.
Porque sabíamos que no estábamos solas.
Había una comunidad. Una tribu. Personas que llevaban años escuchando, comprando, preguntando, viniendo a ferias, leyendo nuestros textos y confiando en que lo que estábamos construyendo tenía sentido incluso cuando todavía no podíamos explicarlo del todo bien.
Esa parte ha sido fundamental.
Porque a la tribu no solo le hemos ido contando los avances. También la hemos hecho partícipe de muchas pruebas, dudas y pasos intermedios.
Y ese aliento nos ha ayudado muchísimo a seguir.
Saber que había personas al otro lado capaces de entender que una madeja no nace de la nada, que la lana no se transforma sola y que un proyecto pequeño necesita algo más que aplausos para crecer, nos ha sostenido en muchos momentos.

Hoy, gracias a ese salto, están pasando cosas que hace unos años parecían casi imposibles para nosotras.
En este momento, en la península, ya hay más de 20 ganaderías, artesanas y personas con fibra propia que han podido empezar a transformar pequeñas cantidades de lana de una forma real.
Desde apenas 4 kilos.
Y esto, dicho así, puede parecer una cifra más. Pero para nosotras no lo es.
Porque hasta hace muy poco, si tenías una pequeña cantidad de fibra y querías hacer algo digno con ella, el camino era complicadísimo: grandes mínimos, procesos pensados para otros volúmenes, poca flexibilidad y muchísima dificultad para convertir una lana concreta en algo propio.
Ahora podemos abrir otras posibilidades.
Una ganadería, una artesana, una diseñadora, una tienda o una persona con una fibra concreta pueden empezar a pensar en productos reales sin tener que moverse siempre en escalas enormes.
Eso cambia la forma de mirar la lana.
Y también nos ha cambiado a nosotras.
Antes defendíamos la lana desde un lugar muy comprometido. Ahora la tocamos desde otra profundidad. Cada lote nos enseña algo. Cada fibra nos obliga a leer mejor. Cada pequeño encargo nos recuerda que esta materia no necesita una única salida, ni una única escala, ni una única forma de llegar al mundo.
Necesita caminos.
Y eso es justo lo que estamos construyendo.
Una herramienta real, pequeña, viva, que permite que más lanas puedan tener una oportunidad.
Durante estas semanas os hemos hablado de la lana como minoría, de las palabras que ya no bastan, de lo que se puede demostrar y de lo que muchas veces solo se cuenta bonito.
Todo eso tenía un sentido.
Porque este viernes vamos a enseñaros algo que nace directamente de este cambio de etapa.
Algo que no podríamos haber planteado igual desde la dLana de antes. Algo que tiene que ver con la materia, con el color, con la forma de producir, con el deseo de tejer y con la necesidad de abrir caminos más claros para una lana que merece ser vista de otra manera.
Este viernes, en la newsletter, os hablaremos de colores, proceso, cantidades, tiempos, precios y decisiones.
Porque si algo hemos aprendido en estos años es que cuando una lana llega a tus manos, no llega sola. Llega con una historia, con una materia, con un territorio, con muchas decisiones y con muchas horas de trabajo que casi nunca se ven.
Y ahora queremos abrir todo este trabajo a una comunidad más grande.
Queremos consolidar esta nueva forma de trabajar junto a vosotras, porque sois importantes para nosotras y porque muchas lleváis años acompañando este camino.
Queremos que más personas puedan tejer una lana española extraordinaria, hecha con criterio, con proceso y con orgullo.
Y queremos contarlo de una forma clara, cercana y real.
Antes de enseñaros lo que viene, nos gustaría preguntaros algo:
Durante estas semanas de debate y apertura, ¿qué sentís que ha cambiado también en vuestra manera de mirar la lana?
Nos encantará leeros.
Porque esta etapa no nace sólo de lo que hemos hecho nosotras. También nace de todas las personas que habéis seguido aquí mientras dLana cambiaba de forma.
Esther y Javi
Equipo dLana






