Los ganaderos trashumantes reivindican su papel «abriendo cortafuegos»

Lamentan las trabas para seguir adelante con una tradición centenaria por la que muchos siguen moviendo sus reses de norte a sur y de sur a norte en función de la época del año a través de una red de vías pecuarias en la que echan en falta mejoras

Isabel Jimeno

ABC

Ya antes, mucho antes, de que los vehículos a motor adaptasen sus vías para moverse y el asfalto fuese ganando terreno, el movimiento del ganado había ido dibujando sus propios trazados. Cañadas reales cual autovías con 75 metros de ancho; cordeles y veredas como carreteras… y hasta descansaderos como particulares áreas de servicio. Todo un mapa de vías -pecuarias- cuya fecha exacta es difícil fijarla -puede que ya incluso en época prerromana-, que vivió su esplendor allá en la Edad Media y los tiempos de la Mesta, y que más allá de para indicar por donde circular en esos tiempos sin GPS, localizador ni brújula en los que la hora y salida del sol y las sobras eran la única orientación, servían también sin saberlo como auténticos «cortafuegos» con el ganado actuando como ‘bomberos forestales’.

Lo sabe bien Javier, ganadero en la zamorana Sanabria y a quien se le escapa el resoplido al recodar cómo estuvieron cercados por unos fuegos forestales de 2025 en esta zona difíciles de olvidar. «Lo pasamos muy mal», recalca de lo vivido entonces y las marcas que todavía acusa el terreno. En el que se ve, apunta, cómo el «fuego atacó más o menos» en función del combustible forestal que encontraba a su paso. Donde las praderas estaban «muy comidas» pasó sin tanto daño, agrega. «Parece mentira que con un incendio tan fuerte no se hayan quemado», señala en relación a esas parcelas «trituradas» por el pastar y pasar del ganado. «El fuego se frena, está más que comprobado», defiende.

La ganadería en extensivo, recalca, «ayuda a frenar un incendio tan grande». Y con la actividad trashumante que lleva haciendo «de toda la vida», favoreciendo el control de los pastos en diferentes zonas. Mueve cada año unas 120 yeguas y 600 vacas, dentro de la propia provincia de Zamora, buscando pastos de invierno y verano y también para «dejar recuperar» las zonas verdes. Eso sí, la «burocracia» pesa y «no dan muchas facilidades». Además, se queja, cañadas, veredas… están «abandonadas». Aunque este año, después del aciago 2025 están «haciendo algo», advierte de que «son muchos años de abandono».

Las las comparte César, pastor abulense trashumante «de toda la vida» y que quiere seguir siéndolo por más que esta forma de mover a sus reses a pie cada vez sea menos frecuente y, sobre todo, se queja, «tenemos una burocracia de la leche». Como todos los años desde que era niño a finales de junio volvía desde Talavera con sus vacas y también acompañando a las de un amigo. Unas 450 cabezas en total hasta los pastos en la zona de San Martín de la Vega del Alberche y quince días en ruta en los que se duerme «cuando se puede» y se avanza al ritmo que manda el vacuno.

Y esta vez, más allá de ese papeleo, se queja del mal estado de algunos tramos de estos trazados protegidos y una modalidad de pastoreo declarada en 2023 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. Por más que hayan pasado las semanas todavía recuerda el paso del Puerto del Pico. No por la altura que alcanza ni por la nieve que se cruza en invierno. Porque ya son incontables las veces que lo ha franqueado entre ida y vuelta, sino porque «la calzada está intransitable totalmente». «Ni las vacas quieran pasar. Imposible», advierte de esas piedras «de punta», entre «zarzas, fresnos y saúcos» por las que es difícil hacerse hueco.

Y eso que ahora «está seco», dice. El camino en la antesala del invierno fue «mucho peor». «Va a pasar algo a alguien», advierte. Cierto, reconoce, que antes el trasiego de ganado era mayor y «estaba más limpio». Pero también, reclama, dada la protección de estos senderos, una mayor intervención en unos trazados que también aportan su granito en la lucha contra los incendios. «Las vacas hacen cortafuegos», defiende César de ese continuo pisar y pastar por el camino.

Además, censura, si llega el incendio y se trata de monte público «no te dejan pastar en cinco años». «Se vuelve un polvorín», advierte para defender el papel de la ganadería y la actividad trashumante de la que habla con pasión, pese a las dificultades, con caminos «abandonados», cuando «no te atraviesan un alambre…». «No me lo van a quitar porque soy trashumante de toda la vida», presume.

Con una amplia red que recorre el mapa de la Península, «hay de todo» en cuanto al cuidado de las vías pecuarias: «Comunidades que se preocupa y otras, no tanto». «Castilla y León prácticamente ha permitido la ocupación sistemática de todas las vías», critica Manuel Bahíllo, secretario de la Fundación Trashumancia y Naturaleza, cántabro pero que «he trashumado mucho» por estas tierras, ayudando también a otros colegas. Así, recuerda cómo recientemente parte de un rebaño murió del «atracón» que se dio comiéndose «el trigo sembrado en la cañada». «No se cuida absolutamente nada», reprocha de las «constantes ocupaciones» de terrenos que son «de dominio público», por más que, reconoce, «cosas buenas se han hecho», como desbroces en los puertos de montaña.

También, puntualiza, «va por provincias», pues mientras en Segovia la cañada real está «mejor», «la presión agrícola» ya entrando en Valladolid y Palencia «es tremenda» y lo que era trazado para el ganado ahora es tierra cultivada. «Se ha propiciado que cada uno haga de su capa un sayo», recrimina del haber ido dejando perder un bien que es «ejemplo en el mundo».

La trashumancia «controla que no se matorralicen los pastos», defiende sobre la labor del ganado en la «gestión del territorio». Así que, advierte, «toda esa biomasa» que no come y ni pisa el ganado a su paso «queda en el territorio y en tres o cuatro años, vuelve a arder», pronostica sobre lo que califica como «fuel» al que sólo hace falta una chispa para prender. «Hay que protegerla y cuidarla», reivindica sobre lo que ve una tradición «única» que juega «labor social y ambiental».

«A la hora de la verdad, nadie hace nada por la trashumancia. Muchos, en vez de apoyar, lo hacen para vivir de la trashumancia», lamenta Ricardo, otro pastor trashumante sobre una actividad de la que también se queja de los «problemas burocráticos» que lleva consigo, a la vez que defiende los beneficios. Sobre todo, recalca, para «el bienestar animal» y también para el ecosistema. Hasta quince días «conservan las ovejas en el estómago» las semillas, así que Ricardo ha visto «hierbas de Soria en Extremadura y de Extremadura en Soria». Las dos tierras entre las que se ha movido con su ganado.

Y también para la prevención de incendios, coincide. Sobre todo en tiempos en los que eran más los que hacían la trashumancia y especialmente cuando iban andando cientos de kilómetros. Con los animales pisando el terreno y en casi en un continuo pastar actuaban «casi como si fueran cortafuegos». Según los datos de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Medio Rural y Política Ambiental, el año pasado trashumaron algo más de 420.000 cabezas de ganado trashumaron de Castilla y León entre bovino (unas 105.000), ovino y caprino (310.000) y equino (menos de 5.500).

«Toda la vida como las palomas y las grullas» han pasado Ricardo y sus hermanos moviéndose de norte a sur y de sur a norte en función de si llega el inverno y se presenta el verano. Y con ellos, o más bien por ellas, sus ovejas. «Haga bueno o malo». Así han discurrido también los años, los decenios e incluso los siglos para a familia Pérez, que con Ricardo, Basilio y José María, la última generación activa, dicen adiós a una actividad que es más que una tradición. Con los 70 todos cumplidos, se ven «mayores» para seguir en ese ir y venir, por más que ellos ya sólo hicieran por cañadas, cordeles y veredas los últimos 40 kilómetros. Y el retorno el pasado junio a su Navabellida natal fue el último camino de vuelta que harán con su rebaño, que llegó a tener 3.000 cabezas y ahora roza las 1.500. «En otoño regresamos» a tierras extremeñas, apunta Ricardo, pero lo que no harán es traerlas de vuelta a las Tierras Altas. Al menos a todas.

Con una emoción que se le atasca en la garganta, Ricardo recuerda «cuando crucé las calles de Soria», por el centro de la ciudad, siguiendo la Cañada Real, guiando a su rebaño y saber que era la última vez, todavía le produce «nostalgia». El momento con el que, por triste, se queda de todo este tiempo. Aunque son muchos los buenos que recuerda al repasar estos años en los que el pastoreo y el mover a su rebaño en busca de confort y pastos ha sido su modo de vida. «Si volviera a nacer, sería pastor trashumante», subraya, «orgulloso» de haberlo sido y seguir sintiéndose así, por más que haya tenido que chupar días de agua, frío… al raso. «Pero también muy bonitos», con el campo como oficina y que no cambia por pasar las horas entre cuatro paredes. «¡Porque lo vivo. Tiene que ser vocacional!», defiende: «Eres feliz, nadie te manda».

Ya con quince años hizo ese viaje por primera vez. Lo aguardaba desde aún más niño. Pudo ir con su padre cuando acabó la escuela. Ha pasado el tiempo y todavía recuerda y se emociona al rememorarlo. «Con alegría porque me gustaba el ganado. Lo recuerdo muy feliz», dice de ese trayecto inicial hacia Extremadura para pasar allí siete meses. Y así, casi 60 años uno tras otro en los que ha seguido como pastor trashumante. «De toda la vida». Como antes lo fue su padre, también su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo… Del «1700 y pico» tiene constancia que ya iban y volvían los Pérez, primero hasta Andalucía y luego hasta Extremadura, en tiempos en los que el trayecto era a pie para luego pasar al tren «con tarifa bonificada» y reserva de coche para los caballos y pastores, hasta 1995. Después, al camión.

Siete meses pasaban en Extremadura y cinco en Soria. Más tiempo allá que acá, pero «nos sentimos sorianos», subraya. «El acento soriano no se nos va», apostilla para defender esas raíces a las que siempre han vuelto. Ahora dirán adiós a ese ir y venir. «Da pena, porque después de toda la vida en esto, se termina y no hay relevo generacional y nadie que quiere seguir los pasos», lamenta Ricardo. «La vida es así…», asume con resignación.