Cuando el rebaño marca el camino

C.G. / Caleruega

Una familia de Jaén se ha instalado en Caleruega para continuar con su trabajo como ganaderos. Cinco personas más para el pueblo a cambio de tierra de pasto para unas ovejas que han viajado 650 kilómetros

María (i), la hija mayor, junto a sus hermanos pequeños Rosa y Sergio y su madre, Isabel. – Foto: Ramis

Cuando Sergio Castillo habla de ovejas, no se refiere sólo a un trabajo. Para él supone una forma de vivir. Confiesa que en su caso no existen los domingos y tampoco las fiestas. Cuenta el tiempo en partos y no en relojes, duerme a ratos y siempre con un ojo abierto. No le importa, la vida como ganadero le hace feliz. Tanto es así que hace unos meses, él y su familia cargaron todo en un camión y viajaron 650 kilómetros hasta Caleruega. 

Venían del Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas, de una zona donde, dice, cada vez quedaba menos sitio para quienes se dedican al ovino. «Allí no nos daban hectáreas, no nos daban nada y si no arrimas una oveja a una subvención, no puede vivir», resume. Buscaron durante meses un lugar donde el ganado pudiera comer y ellos respirar. Lo encontraron lejos, en otro paisaje.

Esperan poder llegar a tener unas 500 ovejas; de momento cuentan con 150 madres.

La mayor parte de las ovejas que cuidan Sergio e Isabel son de raza segureña, pero ya cuentan con algunas churras. La mayor parte de las ovejas que cuidan Sergio e Isabel son de raza segureña, pero ya cuentan con algunas churras. – Foto: Ramis


Un anuncio en internet dio el pistoletazo de salida a esta historia. La familia de Sergio, compuesta por su mujer Isabel Novas y sus tres hijos: María, Sergio y Rosa, buscaba un nuevo sitio donde establecerse con sus ovejas y el pueblo de Caleruega, por su parte, contaba con pastos para acoger un rebaño. Gracias a la ayuda del programa Arraigo y a la cooperativa, en poco tiempo, los jienenses ya tenían a su disposición los medios para trasladarse a tierras burgalesas.

De repente, la localidad había ganado una pareja y tres niños que llegaban con la promesa de revitalizar el colegio. «Cuando me enviaron el anuncio desde el Ayuntamiento de Caleruega, llamé a Isabel y Sergio y les dije: no sé si habéis recibido alguna otra propuesta, pero os pido que bloqueéis todo hasta que escuchéis lo que os podemos ofrecer aquí», explica Cristina Martínez, encargada del programa Arraigo en la Ribera del Duero.

Allí no nos daban hectáreas y si no arrimas una oveja a una subvención, no puede vivir»

Sergio Castillo, ganadero.

La responsable cuenta que su papel en este tipo de situaciones está orientado al acompañamiento y a la búsqueda de una casa y recursos para poder hacer más fácil la adaptación. Sin embargo, manifiesta que, a pesar de la cantidad de kilómetros que separan Cazorla de la Ribera, la mudanza en este caso resultó bastante más sencilla de lo que pueda parecer. «Ellos, lo que hacían allí, lo hacen aquí. La única diferencia importante es su gente, que allí la tenían cerca y aquí está más lejos», añade Martínez, quien añade que desde que comenzó a funcionar el programa Arraigo ya se han instalado 10 nuevas familias en la comarca.

El traslado no se llevó a cabo solo de manera geográfica. Allí dejaron casa, nave, padres, amigos… «Nuestra vida familiar la hemos partido por la mitad para venirnos aquí con las ovejas», cuenta Sergio, mientras vigila una paridera. Porque ahora mismo su vida cabe en una nave y en un puñado de balidos. Pero no hay arrepentimiento, ha merecido la pena. Aquí el campo parece distinto. Hay más hectáreas, más pasto, más margen. «Hay mucha comida, mucho sitio para el ganado. Aquí por lo menos puedes apañarte los papeles y optar a ayudas», explica. 

Antes incluso de llegar ya nos estaban ayudando. La gente estaba encantada cuando supo que veníamos con ovejas»

Con respecto a la acogida confiesan que se sienten muy agradecidos por cómo se ha volcado el pueblo con ellos desde que comenzó su mudanza. «Antes incluso de llegar ya nos estaban ayudando. La gente, encantada cuando supo que veníamos con ovejas», subraya el ganadero. Los caleroganos están felices con la llegada de sus nuevos habitantes. Dos de los niños han engrosado las listas del colegio y la tercera lo hará dentro de poco ya que sólo tiene dos años.

Sergio no romantiza nada. Su jornada normal ronda las quince o dieciséis horas. En paridera u n poco más. «Hay veces que echo cabezadas de media hora. Te dan las dos, las tres de la mañana… y al día siguiente continúas». El campo no entiende de festivos. «Cualquier día  yo estoy aquí. Mi familia espera y yo me vengo con las ovejas», dice.

Para poder vivir sólo del ovino, calcula que hacen falta al menos quinientas o seiscientas cabezas, con tierra suficiente. Ahora tienen 150 madres. Quieren crecer poco a poco, si el campo responde. «Si todo va bien, me gustaría estar en 400 o 500», comenta. De momento, su rebaño está compuesto principalmente por ovejas segureñas, aunque ya cuenta con alguna churra y le gustaría ampliar con esa raza autóctona.

Les llamé y les dije: no toméis la decisión hasta que escuchéis lo que os podemos ofrecer aquí en Caleruega»

Cristina Martínez, Programa Arraigo

Su ganancia está en la carne de los corderos y por eso, funciona de una forma algo diferente que otras granjas y no concentra las parideras, si no que las reparte a lo largo de todo el año. «Cada poco tiempo tenemos partos», argumenta.

Sergio lo cuenta sin épica, pero hay algo de trashumancia contemporánea en este viaje. Un rebaño que ha cruzado media España no para buscar pastos de temporada, sino futuro. Un sur que les ha expulsado y un norte que abre terreno y oportunidades.