Ganaderos experimentados como Cristóbal Yuste, presidente de la Asociación de Criadores de la Raza Ovina Merina de Grazalema, pide ayudas para su conservación, en la que trabaja un programa liderado por el Ifapa
Cristóbal Yuste, rodeado de sus ovejas merinas de Grazalema, en la explotación que regenta desde los años 80. JUAN CARLOS TORO
15 de septiembre de 2025
Por los rincones más recónditos de la escarpada Sierra de Grazalema —también de la Serranía de Ronda y más esporádicamente en pequeños rebaños en la Sierra Sur de Sevilla y en la Sierra de Huelva— se pasea, trepa y vive desde hace siglos una oveja que es única.
No se sabe a ciencia cierta desde cuándo se puede hablar de esta raza, pero sí que entre los siglos XVII y XIX se tiene constancia de la existencia de la que ahora se conoce como oveja merina grazalemeña.
Es una de las cinco razas ovinas autóctonas de Andalucía. Hace dos siglos llegó a haber 20.000 cabezas de ganado. Ahora quedan menos de 5.000. Por eso quienes entienden, como el ganadero Cristóbal Yuste, no dudan al afirmar que está en peligro de extinción. Y que hay que cuidarla.
Esta oveja es especial por muchas razones. Presenta una gran rusticidad, es capaz de soportar bajas temperaturas e inviernos húmedos y de la leche que produce salen unos quesos exquisitos, del reconocido queso de Grazalema, incluido en el Catálogo de Quesos Españoles. Los de las cabras de raza payoya tienen más fama, pero estos no le van a la zaga. SOS de las ovejas merinas de Grazalema.
“Esta oveja es especial. Es la única raza autóctona de Andalucía de aptitud lechera. Es ruda, escaladora, hecha para la sierra. Donde otra oveja no llega, ella trepa y encuentra pasto”. Así la define Yuste, un enamorado de esta raza, que es a su vez el presidente de la Asociación de Criadores de la Raza Ovina Merina de Grazalema, creada en 2001 en Villaluenga del Rosario.
La oveja merina de Grazalema no produce mucha leche, apenas un litro diario de media, pero es de altísima calidad, muy concentrada, perfecta para la elaboración de quesos. A menudo, se elaboran mezclando la leche de la oveja merina con la cabra de raza payoya. Aunque por sí sola, “no tiene comparación”, define Yuste.
En su mejor momento, llegó a haber 35 explotaciones ganaderas con ovejas merinas en la zona. Ahora quedan 28, que suman menos de 5.000 cabezas de ganado. “Eso significa que la raza está en peligro de extinción, porque para no estarlo tendría que haber más de 7.000 u 8.000 cabezas”, añade el ganadero y presidente de la asociación que cuida a esta raza.
Yuste, con parte de su rebaño de ovejas. JUAN CARLOS TORO
Para que no siga descendiendo esta cifra, hay que activar varias palancas. La primera y más obvia, la del relevo generacional. “La mayoría de pastores somos mayores. Hay que hacer el campo atractivo, tener explotaciones con comodidades, apoyos reales, que los jóvenes puedan tener tiempo libre. Hoy la juventud quiere otra vida, y si no se les da un motivo para quedarse, se marchan”, reflexiona Yuste.
De hecho, la edad media de los socios de la entidad que preside es de 55 años. La mayoría, hombres mayores de 50. El 78% de las explotaciones son de carácter tradicional y en el 79% la ganadería representa la principal actividad económica. En el 65,7% predomina la oveja merina.
Mientras conversa con lavozdelsur.es, en la finca que gestiona su familia desde 1988 de forma ininterrumpida, cerca de la localidad serrana de Benaocaz, entra por la puerta su vecino Moisés Mangana, un joven de 25 años que es la excepción en este ecosistema. Le surgió la ocasión hace seis meses y desde entonces gestiona una explotación ganadera. En su caso, de cabras de raza payoya.
“Siempre quise dedicarme a esto”, sostiene Mangana, que se encontró casi por casualidad con una oportunidad que no desaprovechó. “Hay muy pocas explotaciones que estén adecuadas; en la mía no puedo llegar en coche”, cuenta.
“Lo que ha hecho Moisés, gestionar una explotación sin heredar de un familiar, es una gota de agua en el mar. Es muy difícil”, señala Yuste, que alaba la valentía del joven, que dice que asumir una explotación “normalita” tiene un coste que supera los 100.000 euros. “Eso sin oficina, ni nada”, aclara, antes de irse rápido. Solo visitó a Cristóbal para pedir prestado un remolque.
El experimentado ganadero da de comer a sus ovejas erinas. JUAN CARLOS TORO
El presidente de la Asociación de Criadores de la Raza Ovina Merina de Grazalema, una vez se ha ido, prosigue: “Si las Administraciones no se vuelcan con él, puede llegar un momento en el que tenga que cerrar la explotación”.
De ahí que reivindique la importancia de las subvenciones. “Sin ellas no podríamos mantener las ovejas, porque el precio en origen no da para vivir”, señala Yuste.
“La lana ya no vale nada, al contrario, nos cuesta dinero esquilar, así que solo nos queda la leche y el cordero. Y con eso, sin ayudas, no se vive”, agrega.






